Casino de León
El arquitecto Gustavo Fernández Balbuena (1888-1931), cuya carrera se trunca en su plenitud, es un autor cuya obra se sitúa a caballo entre vanguardia y tradición, formando parte del grupo de arquitectos que frente al historicismo académico reinante plantean una definición de la arquitectura de reivindicación localista, en una corriente que se ha denominado regionalismo, reinterpretando elementos arquitectónicos tradicionales de raíces populares, combinados con referencias al academicismo moderno novecentista, principalmente el vienés. En este grupo se situarían Anasagasti y Torres Balbás. En 1919 formará parte del gabinete del ensanche del ayuntamiento de Madrid, promoviendo iniciativas urbanísticas relevantes. Primer director de la revista Arquitectura, plasma en diversos artículos su interés acerca de técnicas constructivas relacionadas con la arquitectura popular (confección de tapial, excavación de bodegas), así como de análisis sobre arquitectura contemporánea. La vinculación de Balbuena, madrileño de nacimiento, con León, es de origen familiar y se radica en Aviados, donde construiría su residencia ocasional, recientemente demolida.
El proyecto del Casino Recreativo de León es el ganador de un concurso convocado al efecto. Su ubicación privilegiada forma parte de la configuración de la plaza de Santo Domingo, ocupando parte del solar del monasterio del mismo nombre. Espacio urbano focalizador de los ejes principales de desarrollo del ensanche leonés, y que en su articulación con la plaza de san Marcelo conforma la transición entre el recinto del casco histórico y la nueva expansión de la ciudad, que avanza hacia el río Bemesga con ese gran eje en que se erigirá la avenida de Ordoño II. En la aproximación a la ciudad antigua por esta avenida se produce una afortunada superposición escenográfica de tres épocas, con la percepción en primer lugar del edificio del Casino, en un segundo plano del palacio de los Guzmanes y como telón de fondo la silueta de Catedral de Santa María de Regla.
El programa del edificio, con una superficie global de 2.200 m2, destinaba la planta sótano, que ocupaba parcialmente el área edificada, a cocina, servicios, instalaciones, limpiabotas, peluquería y bar, con ventilación mediante patinillos ingleses en la fachada y en el patio posterior. En planta baja se ubicaban salones para zona del café. La planta primera se destinaba al gran salón de fiestas, con balconada abierta a la plaza, que formaba una doble altura con la planta segunda, en la que se abrían dos salones menores dominando el espacio central. La planta tercera se destinaba a caja, caja de caudales y presumiblemente a salas de juego, abiertas a las terrazas-azoteas, sustituyendo un peto sencillo a los faldones inclinados formando tejadillos que se planteaban en el proyecto inicial en los cuerpos laterales. Por encima se disponía una planta de áticos que conformaban la buhardilla central y los dos torreones laterales. La escalera principal se desarrollaba en tres tramos, situada al fondo del edificio en su eje medio.
Las fachadas presentan una similitud de lenguaje, siendo todas ellas de diferente desarrollo (norte 17 m, oeste 28 m, este 20m). La fachada a la plaza de Santo Domingo asume el protagonismo, con un planteamiento simétrico, presentando un cuerpo central dominante flanqueado por dos menores aterrazados que dan vuelta hacia las calles laterales, en las que se remata el edificio con dos volúmenes torreados, más sencillo el de la calle Pilotos Regueral, y con mayor empaque, enfatizando la entrada principal originalmente planteada, el de la plaza de San Marcelo. La planta baja se recorría mediante grandes ventanales en arco, mientras que los huecos de los cuerpos laterales se integraban en planta primera y segunda
mediante el molduraje de ladrillo que los recerca formando un orden mayor.
El aspecto más sobresaliente de la concepción arquitectónica del edificio, era la organización espacial interior, con el gran espacio central del salón de fiestas, que se interrelacionaba con los salones menores dispuestos en torno al mismo, y al que se abría el vestíbulo de la escalera de planta segunda a través de un palco. Espacialidad hoy desaparecida por la construcción de un forjado intermedio. Esta organización jerárquica se traduce directamente con naturalidad y sencillez en la volumetría exterior del edificio, rematándose el conjunto con el recurso al contrapunto que proporcionan las torres extremas. La ocupación del edificio por el Banco de Bilbao, inicialmente en planta baja, y posteriormente en todo el edificio (1970), desvirtúa su concepción original, rasgándose los ventanales de la fachada principal para entradas y modificando sus espacios interiores y niveles de forjados (el de la planta baja se situaba a un metro sobre la rasante exterior).
Los referentes de la utilización del ladrillo como elemento expresivo del modo particular como se produce en este edificio, habrían de buscarse en ejemplos de la arquitectura madrileña del momento, superando la tradición ornamental neomudéjar o la ligada a modelos decimonónicos peninsulares. Un caso de aplicación similar con vocación renovadora, si bien adoptando rasgos de clasicismo depurado, en la ciudad de León, lo encontramos en la Escuela Normal de Maestros (1928), de Antonio Flórez, en la línea de otras construcciones promovidas por él desde la Oficina Técnica de Construcción de Escuelas.
No aparecen recogidas en proyecto referencias a la organización estructural del edificio, con salones que deberían soportar una sobrecarga significativa y vanos de luces hasta 8,60 y 12,00 metros. Los pilares de borde en la planta baja en el frente hacia la plaza de Santo Domingo se situaban retirados hacia el interior, debido al retranqueo del cuerpo central en las plantas superiores. La cubierta parece resolverse mediante armaduras metálicas. Existe una discordancia entre los huecos proyectados en la planta tercera en los torreones de los alzados norte y sur con los finalmente ejecutados. Los alzados presentan asimismo un zócalo de mayor altura, hasta los arranques curvos de los ventanales, semejando un despiece de cantería, que se extiende al recercado de los mismos y al marcado de bandas verticales en las esquinas de los cuerpos laterales, simplificándose en la obra al ejecutarse un zócalo uniforme de piedra bajo el nivel de los ventanales. Los huecos se agrupan en la fachada, englobados mediante aplicación de órdenes superpuestos, resueltos con una afortunada dualidad de sobriedad y diversidad en su composición formal, a la que no es ajena el diestro empleo del ladrillo como material constructivo básico, si exceptuamos el zócalo pétreo que recorre el edificio bordeando la entrada principal, las alusivas veneras que decoran la fachada, el escudo de la ciudad soportado por dos niños que representan los ríos Bernesga y Torio, según modelo de la fuente de la plaza del Grano, y las cabezas de leones que flanquean el hueco del balcón en el frente a San Marcelo, que aparecen inexplicablemente invertidos.
Fuente: Colegio de Arquitectos
Comentarios
Publicar un comentario